domingo, 12 de marzo de 2017

Juan Carlos Touriño

Defensor fino, listo siempre para el cierre y prolijo para proyectarse. Nació el 14 de junio de 1944 en la Capital Federal de la República Argentina. Además de lo indicado por Ariel se inició en Sportivo Dock Sud, pasó a las inferiores de River Plate, debutó en primera división el 26 de agosto de 1966 en Quilmes. Cerró su ciclo de futbolista en San Lorenzo (Mar del Plata) y Chacarita Juniors en Primera B, donde se retiró en 1980. También jugó para la Selección Nacional de España. Falleció el martes 7 de marzo de 2017. 
Por Ariel Scher (socio del CIHF).
Juan Carlos Touriño recitaba a Mario Benedetti con seis sonrisas, rescataba cada verso de Miguel Hernández como si estuviera en el final de la final del mundo y desparramaba estrofas de Pablo Neruda convencido de que ahí cabían el arte y la felicidad. Ahora que acaba de morir, es inevitable decir lo que a él le importaba poco que se dijera. Por ejemplo, que fue un defensor excelente, que brilló en Quilmes, en Real Madrid, en Gimnasia y en Independiente de Medellín. Y, aún más que eso, que fue alguien que expandió siempre su solidaridad convencida, su compañerismo irrompible y su alegría de gran tipo. Militó, de mínima, en dos espacios: uno, el que más se le conoce, Futbolistas Argentinos Agremiados, preocupado y ocupado en que los jugadores se formaran para bastantes más cuestiones que sus sudores sobre el césped; el otro, el que nunca ejerció con perfil alto, acaso no tenga formatos institucionales, pero muchísimos laburantes, papás y mamás de clubes de barrio y futbolistas sin fama lo conocen: estuvo invariablemente cerca de los que andaban colgados del mundo y necesitaban una, dos, diez manos. Un individuo así hubiera sido un poeta inclusive sin nunca escribir una palabra. Sin embargo, escribió. Y muy bien. Dulce y noble poesía escribió, inspirado por Benedetti, por Hernández, por Neruda, por el fútbol y por la existencia. Solía llevar versos propios y de otros en su maletín compañero y los leía en medio de los almuerzos, de los debates y de las bromas. Algo de todo eso reluce en su libro "Trigos y cardos", que publicó El Monje Editor en 1993. Majestuoso reconstructor de anécdotas, prefería los encuentros fraternos a la notoriedad y, por supuesto, disfrutaba de su familia más que de cualquier intento de homenaje. Así que, para corresponderse con ese sello tan humano, todo lo demás que Touriño merece y seguirá mereciendo queda anotado en las buenas memorias que les regaló a tantos. Chau, Juan Carlos. Y gracias por hacer de la vida un poema.
Trigo y cardos
Por Juan Carlos Touriño
Mi vida es lo que digo
pero también lo que guardo.
Son mil hectáreas de trigo.
Son mil hectáreas de cardos.
Cardos de mi saliva.
Trigo del amanecer.
Negras nubes de mi vida,
segregaciones de hiel.
Luz perpetua de unos rayos,
sangre de sol en mi ser.
No me juzguen por el lastre
y miren lo que en mí queda,
que al escupir dejo fuera
lo que rechaza mi piel.
Mi vida es lo que digo
pero también lo que guardo.
Guardo lo más querido
y digo, sólo porque aguardo,
el final de mi saliva.
Para contar lo guardado
sin escupirle a la vida.

La presente nota fue publicada el 9 de marzo de 2017 a las 9:47 en:


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