viernes, 17 de marzo de 2017

Goleadores de antes: Arsenio Erico

Lo llamaron “El trampolín de América”, porque nadie saltaba como él. El poeta francés Paul Morand, viéndolo jugar una vez dijo: “Es Nijinsky...”, porque su plasticidad le recordaba al gran bailarín ruso. Y hasta en un poema, Cátulo Castillo lo bautizó “Ángel alado”. 

Por Ricardo Gorosito (Buenos Aires, Argentina), socio del CIHF. (Nota escrita en 2005).


Arsenio Pastor Erico nació en Asunción un 30 de marzo de 1915. Hijo de paraguayos y nieto de italianos, sus primeros goles los hizo a los diez años, para el equipo del Colegio Salesiano de Vista Alegre, al que llamaban el “Salesiano chico” porque el “grande” era el de María Auxiliadora.
Y parece que era muy buen alumno, porque algunos profesores lo llegaron a citar como ejemplo. 

A los 11 años ingresó al club Nacional, cuya cancha quedaba muy cerca de su casa. De ese mismo club salieron Fleitas Solich (quien fue su gran ídolo y consejero), Accinelli, el arquero Denis y Urbieta Sosa entre otros. También actuaban dos de sus hermanos: Adolfo, el menor, que jugaba de “insider derecho”, y Armando, el mayor y que era “centre-half”. Debutó en Primera a fines de 1930.

El gran rival de Nacional era Libertad, que capitaneaba Delfín Benítez Cáceres, su gran adversario también en la Argentina.

En 1933, Paraguay llevaba casi un año sumido en una guerra con Bolivia. Arsenio, con 18 años, formaba parte de una selección de su país que realizó partidos en Montevideo con el fin de recaudar fondos para la Cruz Roja Paraguaya. A comienzos de 1934 llegaron a Buenos Aires y su actuación llamó la atención de dirigentes de River e Independiente.

En un reportaje que le realizó el recordado Félix Daniel Frascara en “El Gráfico” allá por 1936, recordaba: “River no me disgustaba, pero teniendo una estrella como Bernabé, me parecía que no lo iban a sacar para ponerme a mí...”. Y así fue como aceptó la propuesta de los rojos.

No fueron fáciles los trámites de la incorporación, porque estaba cumpliendo con el servicio militar y su país se hallaba en guerra, pero gracias a los oficios de un gran amigo, Raúl Garat, se le allanó el camino y en mayo ya estaba en Buenos Aires.

El debut fue como para probarlo y en serio. Frente a Boca, en la vieja cancha de la calle Brandsen. El partido terminó 2 a 2, y pese a que no marcó goles, aprobó el examen.

Una semana después, frente a Chacarita, anotó sus dos primeros goles nada menos que a Eduardo Alterio. Ya en 1935, con 22 goles, fue junto al uruguayo Mata el goleador de los rojos, hecho que repitió al año siguiente con 21.

Luego llegaron aquellos tres años en que se convirtió en símbolo de gol. Anotó 47 en 1937, 43 en 1938 y 40 en 1939. Por primera vez un delantero se convertía en el máximo goleador en tres temporadas consecutivas y hasta estableció una marca al señalar seis goles en el partido de 1937 a Quilmes, en que Independiente ganó 7 a 1.

En 1942 tuvo un conflicto con los dirigentes y al no llegar a un acuerdo para la renovación de su contrato, se marchó a Paraguay. Su ausencia fue tan sentida, que durante esa temporada Independiente utilizó seis centrodelanteros para reemplazarlo, y aun así tuvo la peor actuación desde el inicio del profesionalismo.

Regresó en 1943, pero ya había comenzado su declinación. Sin embargo, volvió a ser el goleador del equipo, hecho que repitió en 1945. Se despidió una tarde frente a Racing en que los rojos cayeron 2 a 0. Su paso posterior por Huracán no tuvo trascendencia y justamente en el estadio de sus grandes triunfos y frente al club donde cimentó su gloria, jugó su último partido.

No retornó a Paraguay y se quedó entre nosotros. 

Los 293 goles marcados en 334 partidos dan un promedio de 0,88 por encuentro. Fue campeón en 1938 y 1939. Dirigió a aquella inolvidable delantera junto con Maril, De la Mata, Sastre y Zorrilla.
También ganó el Torneo Nocturno de 1936, la Copa Ibarguren en dos oportunidades y la Copa Ricardo Aldao frente a Peñarol en 1939 y Nacional en 1940. 

Jaime Rotman fue el arquero más vencido con 20 goles, seguido de Ezequiel Aranda y Bruno Barrionuevo con 13.

En la tarde del 23 de julio de 1977, Arsenio Erico nos dejó para siempre. Al día siguiente, en Avellaneda, cuando Independiente le ganaba a River 2 a 1, el aire se llenó del grito popular: “¡¡¡Se siente... Erico está presente...!!!”.




Arsenio Erico, en la tapa de El Gráfico en 1937.

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