miércoles, 28 de diciembre de 2016

Transferencias de jugadores: otras épocas

La injerencia de representantes y empresarios de todo pelaje en detrimento de los clubes y aun de los propios jugadores, las cifras astronómicas que están en danza y la profusión de términos como “fondos de inversión” y “derechos federativos” son algunos de los aspectos que definen el mercado de pases en el fútbol actual. En tiempos ya idos, los clubes negociaban cara a cara, los medios de pago podían responder a necesidades materiales de las entidades involucradas y los números que se barajaban tenían más que ver con el poder adquisitivo de la población y el estado del país. 
El recuerdo de cómo se desarrollaban las transferencias de jugadores décadas atrás y algunos ejemplos representativos de una época en la que aún primaban otros valores y el romanticismo.
 

Por Rafael Saralegui (Buenos Aires, Argentina), antiguo socio del CIHF en una nota vigente de 2004.
 

Los jóvenes que en los últimos años engrosaron en el país la enorme legión de aficionados al fútbol, cuando se trata de transferencias de los jugadores mejor cotizados en el mundo sólo oyen hablar de millones de dólares.

Esta realidad contrasta notablemente con la del mercado doméstico argentino de futbolistas, austero y empobrecido por estar inmerso en un contexto económico fuertemente contraído.
 

No se trata aquí de desarrollar una explicación acerca de las causas que motivaron realidades tan abiertamente contrapuestas, sino sólo de recordar algunos antecedentes sobre el traspaso de jugadores en nuestro país, que contrariaron los marcos convencionales de esta clase de operaciones, como el desembolso de dinero o el trueque de futbolistas.
 

Los procedimientos en la plaza local se repitieron durante largos años: los dirigentes de los clubes interesados en obtener la cesión de un futbolista ajeno se apersonaban a sus pares de la otra entidad para conocer sus pretensiones, contraofertar y regatear, hasta llegar a un acuerdo o desistir definitivamente de la adquisición.
 

Al promediar la segunda mitad del siglo pasado, aquella modalidad comenzó a ser dejada a un lado, 
primero en forma casi discreta y más tarde desembozadamente, por la actividad, que al comienzo se consideró una rareza y terminó imponiéndose por la generalizada aceptación de las partes interesadas, de los representantes de jugadores.
 

Ya no se negociaba de club a club sino que, en forma equidistante de ellos, la esencia de la operación pasaba por un nuevo eje, el representante, que procuraba acercar a las partes y obtener la mejor tajada para su cliente o representado.
 

La defensa de su protegido llevaba al intermediario a discutir las condiciones contractuales con la nueva institución y al manejo de otra clase de intereses concernientes a su representado como, por ejemplo, la publicidad.
 

En la actualidad, los representantes siguen operando activamente en dos frentes: el modesto mercado local, que hace mucho no registra una operación de campanillas entre entidades vernáculas, y el internacional, mucho más poderoso y atractivo, en el que se colocan futbolistas a valores imposibles de pagar aquí.
 

Hace tiempo y a lo lejos...
 

La marchita realidad de estos días tiene antecedentes añejos y lejanos, entre los que no faltan casos y situaciones inimaginables de reiterarse en la actualidad.
 

El “movimiento de jugadores” en el país –así titulaba La Nación hace muchos años la información cotidiana referida a las transferencias de futbolistas, generada habitualmente en los tres primeros meses del año– comenzó antes de la implantación del profesionalismo, acontecimiento registrado en 1931.
 

La primera operación ajena a la modalidad imperante en la época, se remonta a 1928.
 

A comienzos de ese año, el Club Atlético Almafuerte batallaba en la División Intermedia del Ascenso de la Asociación Amateurs Argentina de Fútbol –una categoría bastante alejada de las más promocionadas– junto a otras entidades modestas como Albion, Guarany de Balvanera, Libertad, Liniers, Lomas Juniors, Nueva Pompeya y Sportivo Ramos Mejía.
 

En el centro de la línea media de Almafuerte sobresalía Máximo Federici, de 23 años, de cuya sangre piamontesa daba sobrada cuenta su combativo estilo de juego.
 

Nacido en el barrio de Belgrano, vivió desde chico en Parque de los Patricios y en sus baldíos forjó su perfil futbolístico.
 

No podía extrañar que sus campañas en Almafuerte llamaran la atención de los dirigentes de Huracán, el patrón futbolístico del barrio, que no demoraron en manifestar el interés en incorporarlo a sus filas.
 

Simultáneamente, la dirigencia del “Globito” encaraba el cambio en su campo de juego de 300 chapas, deterioradas por abolladuras y el paso del tiempo; Almafuerte necesitaba esas chapas, abolladas como estaban, y no podía aspirar a algo mejor para mejorar sus instalaciones.
 

De tal manera, el “flaco” Federici llegó a Huracán y las chapas se salvaron de su casi seguro destino chatarrero.
 

Meses después, Almafuerte, de bien ganada popularidad en la zona Oeste, conseguía un amplio predio en San Justo.
 



Imagen de Máximo Federici con camiseta de Huracán (1933).

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